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Written by Nerey Camille; Translated by Nerey Camille

15 February 2011 | 1727 words

Secretos culpables – By Nerey Camille
Pairing: Faramir/Aragorn
Rating: PG
Disclaimer: Los personajes son de Tolkien. El desafío original es de December. La publicación de esta historia no me reporta ningún beneficio económico.

Varios años después de la guerra del Anillo, Faramir es trágicamente herido al proteger a un descuidado Aragorn durante una partida de caza. El remordimiento del Rey es tan grande que Faramir, seguro ya de su propia muerte, revela un secreto largamente guardado que ayudará a Aragorn a superar la pérdida de su Senescal…

Ésta es la primera historia que he escrito en respuesta a un desafío (challenge) así como mi primera fanfiction cómica, dado que por lo general suelo ser muy fiel al canon. Espero que os guste la traducción, así como la trama para aquell@s que no puedan leer la versión original. ¡No dudéis en dejar un comentario!


Faramir yacía en un improvisado lecho manchado de sangre, mientras Éowyn, Arwen, Beregond y todos los demás miembros de la compañía esperaban fuera de la tienda, llorando junto al fuego. El Rey los había alejado de su lado, pero él no dejaría a Faramir. Hasta el último momento se negaría a someterse al destino, a aceptar la insoportable, la ineludible verdad.

Mojó un paño en agua tibia para enjugar la frente de Faramir.

El Senescal abrió los ojos y dijo débilmente, “Voy a morir, mi señor. Es inútil que os canséis intentando curarme”.

“Si no lo hago me volveré loco. ¡Pensar que bebí bastante para estar besando a la Reina cuando llegó la bestia, y que tú, idiota, tuviste que ponerte en medio!”

“Bueno, era la única manera. El ciervo estaba en celo, y estabais en su camino: cargó contra vos.”

“¡Deja ya de contestarme, por la cólera de Elbereth! ¡Que tengas que morir en un accidente de caza, después de todo lo que has pasado! No puedo soportarlo,” dijo Aragorn, con la voz rota.

Faramir sonrió. “Bueno, es bastante irónico. Parece que después de todos estos sombríos años, incluso el viejo Destino ha vuelto a encontrar su sentido del humor. En realidad, me resulta muy vivificante.”

Aragorn le dirigió una mirada iracunda. “Puedes guardarte tus alusiones y tu humor negro. Estás malgastando tu energía. Soy el Rey y un curador, y tú vas a morir de viejo aunque tenga que cuidarte día y noche e impedirte que hables metiéndote una manzana en la boca.”

Comenzó a retirar los vendajes de Faramir para examinar la herida una vez más.

“Por favor, mi señor. Preferiría tener una muerte apacible. Ya es bastante doloroso sin que vos lo toquéis, os lo aseguro.”

Aragorn le dio un rápido pescozón en la cabeza, y luego prosiguió sin escuchar las protestas de Faramir, murmurando todo el rato con enfado y (al menos para los oídos de un Montaraz) de forma muy audible, “Sí, ya te gustaría. El fiel Senescal sacrificándose para salvar a su estúpido Rey de un ciervo. Siempre has querido ser el mejor de los dos.”

“En absoluto,” dijo Faramir, con aire ligeramente sorprendido. “¿Por qué decís eso?”

“¡Porque sí!” gritó Aragorn, en un súbito arrebato de cólera. “Nunca me diste la oportunidad de ser tan bueno contigo como lo eras tú conmigo. Siempre me superabas en todo, en lealtad, en abnegación, en eficacia. Tú eras el que estaba siempre en el lugar apropiado, jamás te excedías en tus funciones, jamás mostrabas la menor flaqueza que hubiera hecho de ti un hombre común. Siempre con la misma sonrisa burlona en los labios, con el mismo sentimiento de superioridad en el corazón, sabiendo muy bien que si mi reinado era un éxito se debía a ti. Y tan orgulloso, tan satisfecho de ti mismo que nunca te dignaste resaltar tus méritos, no necesitabas ni te interesaba el reconocimiento de otros, ni siquiera de mí,” Aragorn se detuvo, y de pronto empezó a sollozar. “Y yo… todo el tiempo tratando de gobernar siguiendo tus pasos… no tienes ni idea… ha sido tan difícil… y ahora querrías dejarme, y ser para siempre aquel que se sacrificó… todo el mundo pensará que fue mi culpa, y yo… me voy a sentir tan culpable…”

Para entonces, Faramir comenzaba a sentirse asustado. Reprimiendo un gemido de dolor, se incorporó a medias en el lecho para mirar al Rey a los ojos.

“Esto es una locura, Aragorn,” dijo con firmeza. “Siento mucho haberos proporcionado esa impresión. Es falsa, absolutamente falsa. La verdad es todo lo contrario.”

Se interrumpió, pero un nuevo acceso de dolor le recordó la muerte que se acercaba. Se decidió y prosiguió, “Mirad, Aragorn, nunca pensé deciros esto, pero no puedo dejar que creáis lo que estáis pensando ahora mismo. Si me he comportado todos estos años de forma tan apropiada y eficiente como he podido, no fue por orgullo sino por vergüenza. No soy el hombre maravilloso que creéis que soy.”

De nuevo se detuvo; si la causa era el dolor o el miedo, nadie hubiera podido decirlo. Pero Aragorn le miraba ahora intensamente, bebiendo sus palabras. Parecía necesitar desesperadamente consuelo. Faramir suspiró; ya no había forma de volver atrás. Sin embargo, no podía resolverse a hablar.

“¿Qué quieres decir?” le urgió Aragorn en voz baja. “¿Hay algo que me hayas estado ocultando?

“Sí, en efecto. Aún no estoy seguro de si debería decíroslo.”

“¡Faramir!”

“Está bien, está bien. No quería que sufrierais. Pero realmente es muy humillante para mí admitirlo, después de todas las cosas halagadoras que acabáis de decir sobre mí. No quiero ni pensar lo que diréis después.”

“Faramir…”

“De acuerdo, aquí va. No hay dos formas de contarlo. He yacido con la Reina.”

La expresión incrédula de Aragorn al oír esto fue algo imposible de describir. Se quedó mudo mientras sus ojos solicitaban confirmación. ¿Con la Reina?

“Sí, con vuestra esposa, con la Dama Arwen.”

Aragorn aún le estaba mirando con fijeza, sin decir palabra y aparentemente incapaz de comprender del todo el sentido de las palabras de Faramir. Éste se dejó caer de nuevo en su lecho y sus ojos mostraron tristeza.

“No debéis censurarla, mi señor. Prometédmelo. Habíais partido a la guerra, para perseguir a los últimos restos de los ejércitos del Señor Oscuro. Ella se sentía tan sola sin vos, Reina en un lugar que no conocía, en el que no tenía amigos ni esperanza alguna de hacerlos. Pues ¿quién osaría acercarse a ella, tan hermosa y regia, mujer Elfa de maravillosa belleza en una ciudad de Hombres?”

Los recuerdos le hicieron sonreír, lo que indignó a Aragorn. Pero Faramir no se dio cuenta.

“Venía a veces a verme, mientras trabajaba, y yo trataba de aliviar su soledad hablándole de vuestro inminente retorno. Pero permanecisteis lejos mucho más tiempo del que esperábamos. Entonces una noche su doncella la encontró llorando y me llamó. Cuando llegué ella estaba de pie en medio de la alcoba, con los ojos brillantes de lágrimas. Me miró… y bueno, ya sabéis,” terminó con una sonrisa medio incómoda, medio sinvergüenza.

Aragorn lo observó durante algunos instantes en silencio, con el cuerpo tembloroso; en su rostro luchaban fuertes emociones.

“Ahora quedaréis consolado de mi muerte,” dijo Faramir con voz satisfecha, aunque débil, antes de desmayarse sobre el jergón, exhausto por esta confesión en el lecho de muerte.


Unos días más tarde, su humor era totalmente distinto. Le alarmó sobremanera constatar que no había muerto, y lo que era peor, que estaba en buen camino hacia la curación. Los continuos esfuerzos de Aragorn habían conseguido lo que Faramir nunca hubiera creído posible –que sobreviviera a una espantosa herida prácticamente sin secuelas– y estaba ahora convencido de que su confesión había redoblado la voluntad del Rey de salvarle; para vengarse plenamente de él, sin duda.

Entretanto Aragorn le prodigaba incansables cuidados, pero en su rostro siempre había una sonrisa burlona que, en opinión de Faramir, no presagiaba nada bueno.

“¿Por qué sonreís así, mi señor?” preguntó un día. “¿Estáis imaginando cómo me atormentaréis una vez que me cure?”

“Sí, por cierto,” respondió Aragorn, riendo abiertamente. “Ahora nunca te dejaré olvidar que eres un hombre común.” Arregló una almohada con especial cuidado antes de añadir, con un guiño imperceptible, “Te estoy muy agradecido por haberme contado esto.”

“¿Agradecido?” boqueó Faramir.

“Claro que sí. Ahora sé que no eres mejor que el resto de nosotros. Me siento mucho menos culpable por haber dejado que te interpusieras entre ese ciervo y yo.”

“Pero – pero – ¿no me guardáis rencor por haber yacido con la Dama Arwen? Claro que,” añadió, corrigiendo el tiro rápidamente, “fue sólo una vez.”

“Mi querido Senescal, no puedo guardarte rencor por eso. No sería honesto. Ya ves, no he sido mejor que tú en ese aspecto.”

Faramir lo miró con recelo, y su expresión se oscureció de pronto. Aragorn le dirigió una sonrisa juguetona.

“Bueno, definitivamente yací con la Dama de Rohan la otra noche. O quizá debería decir con la Princesa de Ithilien.”

Faramir quedó estupefacto.

“¿Que hicisteis qué?”

“Realmente, no debes censurarla. Estaba tan convencida de que ibas a morir, estaba loca de dolor. Vino a mí –ya sabes que siempre le gusté, incluso antes de que os casarais– y la reconforté y, bueno, ya sabes.”

Faramir se quedó sin palabras durante unos segundos, y luego estalló, “¡Y ella me reprochaba el haber consolado a la Dama Arwen! ¡La voy a matar!”

“¿Quieres decir que se lo dijiste?” preguntó Aragorn, totalmente atónito.

“Claro que se lo dije. Ella estaba en Rohan en el momento de los hechos, pero cometí el error de contárselo cuando volvió.”

“Aaaaaah,” dijo Aragorn, con súbita comprensión, “por supuesto. Fue por esa época que estuviste de baja por enfermedad durante quince días. Pero desde luego fue una locura por tu parte contárselo; yo nunca se lo diría a la Reina. ¿Te hizo mucho daño?”

¿Si me hizo daño? Después de lo que ella me hizo, ya no temí más vuestra cólera. No quería decepcionaros, por supuesto, pero si callé fue sobretodo para ahorraros sufrimientos, como os dije la otra noche. Bien – juro que la voy a matar.”

“Eso no será necesario, querido mío,” dijo la Reina de Gondor, entrando en la tienda. “Lo he oído todo. Ahora que todos conocemos nuestros pequeños secretos respectivos, el Rey ya no se opondrá a que hallemos placer todos juntos, según he deseado hacer desde que el Senescal me honró con su galante compañía.”

FIN

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